El presidente de EE UU está cumpliendo con sus promesas electorales, entre las que se encuentra el fin de la regulación, poniendo en pie de guerra a los bancos centrales, que han actuado conjuntamente a lo largo de esta crisis.
Basilea III es la durísima regulación a la que está sometida la banca desde finales de 2010, cuando las entidades financieras tenían y tienen que cumplir una serie de requisitos de capital y saneamiento. Fue la respuesta de los bancos centrales a los rescates públicos que recibieron los bancos, pero trajo consigo consecuencias, sobretodo la caída en picado de la rentabilidad, por lo que la banca veía como los beneficios caían en picado debido a las fuertes provisiones.
Donald Trump quiere acabar con la ley Dodd-Frank, que impuso la separación entre la banca de inversión y la banca comercial, impidiendo que la banca jugara en el mercado con el dinero de los depositantes, como habían hecho hasta ahora.
En respuesta, la Reserva Federal de EE UU ya amenazado con una subida de los tipos de interés mayor de la esperada. José Luis Cava, analista independiente, ha afirmado que la estrategia de la FED podría ser debido al intenso ritmo de la subida de los precios, pero ha considerado que podría ser también una «decisión política», para evitar que los bancos vuelvan a cometer los mismos errores del pasado: prestar a espuertas sin control alguno y a quienes no pueden después devolver el crédito.
Janet Yellen, presidenta de la FED, ha asegurado que los tipos subirán en marzo y que, además, podrían incrementarse más de lo esperado. El mercado espera ya con una probabilidad superior al 80% que la FED incrementará el precio del dólar al 1%, la subida más importante en toda la crisis.
Si Trump deroga finalmente la ley de regulación en EE UU, la banca estadounidense gozará de una posición privilegiada frente a la europea y asiática. Cambiando las reglas y pillando a contracorriente al resto de bancos centrales. El Banco Central Europeo, BCE, ya tiene su objetivo de inflación, pero no puede modificar las tasas rectoras debido principalmente a la falta de reformas de los Gobiernos del sur de Europa, especialmente en Italia, Portugal, España y Grecia. Además, subir ahora los tipos de interés provocaría un inesperado efecto en los mercados financieros, cuyas consecuencias no se pueden estimar.
La inacción del BCE metería en problemas a la banca europea, que está estudiando nuevas compras y realizando ampliaciones de capital para mantener los ratios obligatorios de Basilea III. Ahora, la FED quiere seguir jugando su crucial papel durante la crisis, ya que ha salvado de la quiebra a los bancos más importantes de EE UU con ingentes inyecciones de liquidez, comprando bonos del Tesoro y evitando el colapso de un sistema que hacía aguas en 2008 por la crisis subprime.
Las consecuencias del fin de la regulación, imprevisibles, pero con efectos perversos para Europa
La banca europea ha cargado duramente contra esta regulación. Así lo han expresado en sus últimas presentaciones de resultados, donde culparon a estos requisitos de la falta de rentabilidad, lo que ha obligado a tener que aumentar comisiones e incluso elevar las exigencias para conceder crédito para poder aumentar su rentabilidad.
Ahora, exigirán a buen seguro que el BCE y el resto de bancos centrales de la UE adoptar las mismas medidas que en EE UU, es decir, la voladura oficial de Basilea III. Sin esta derogación en Europa, la banca estadounidense tendría el control del sistema financiero mundial, más cuando se espera una fuerte revalorización del dólar hacia más abajo de la paridad, es decir, niveles que no se veían desde 2002.
Los bancos estadounidenses jugarían así con el efecto divisa para engordar sus arcas, mientras que los europeos solo les tocaría esperar a que el BCE adopte su subida de tipos y contrarreste el efecto de la FED, obligada a mover ficha por Trump.
El BCE, contra las cuerdas y en serio riesgo de adelantarse a los acontecimientos
El BCE tampoco puede adelantarse en sus movimientos, pese a que solo tiene el mandato de la estabilidad de precios, en el 2%, nivel que se ha alcanzado ya en febrero. Es el único y último fin del BCE, pero fue más allá con el rescate ya no solo de bancos sino también de países, como la asistencia a Grecia, Portugal, Irlanda y España. Su actuación, más tarde de lo que se hizo en EE UU, fue disfrazada de emergencia, más cuando afirmó que hará lo que tenga que hacer para evitar la quiebra del euro. Ahora, este papel de salvador del sistema financiero puede ser su propia tumba, ya que la banca de Italia, parte de la alemana, con serias dudas sobre Deutsche Bank, y algún banco español podrían sufrir consecuencias nefastas en un hipotético y repentino cambio de reglas.
No obstante, no será por advertencias. Draghi ha repetido hasta la saciedad de que sus medidas no tienen efectos sino se aplican reformas en los países con problemas, éstos por su lado, han decidido incrementar las emisiones de deuda hasta dejar el endeudamiento en niveles históricos. El BCE también se ha encargado de ello al comprar deuda periférica en los mercados secundarios, reduciendo así los intereses exigidos por los inversores. Si el mercado percibiera que Draghi sube los tipos de interés antes de lo previsto y corta las compras de deuda, España sería de los países que pasarían un calvario a la hora de tener que contentar a los inversores, con el aumento del riesgo de impago que conllevaría a las arcas públicas.
