Turquía, un riesgo creciente para el BBVA

Empresas 15/03/2017

BBVA se enfrenta al grave riesgo político de Turquía, en pleno proceso de islamización sin relaciones o fuertes enfrentamientos con grandes potencias europeas y un desplome histórico de la lira.
El banco presidido por Francisco González tiene una fuerte presencia en Turquía con una posición mayoritaria en el Garanti Bank, una entidad financiera en la que ha invertido 7.000 millones de euros desde 2010, un montante que ha perdido casi un 40% de su valor en este tiempo, hasta los 4.295 millones de euros.
Esta aventura del BBVA está pasando factura también por el lado de la divisa del país, la lira turca, que cotiza muy cerca de mínimos históricos frente al euro. Desde el intento de golpe de Estado -autogolpe para algunos analistas internacionales- del pasado verano, la lira turca ha perdido un 15% de su valor, perforando así los mínimos históricos de 2015. El BBVA cotiza ahora un 30% por debajo de los máximos de abril, también golpeado por la victoria de Trump en EE UU y su efecto sobre México, de donde proviene la mitad de su beneficio.
Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía, ha iniciado ahora la reforma de la Constitución, que se votará el próximo mes de abril. Esta reforma se realiza con la intención de obtener más poder en una sociedad claramente fragmentada, entre pro europeos y pro islamistas.
Erdogan tendrá un poder casi ilimitado, como lo tuvieron los otomanos, pero durante diez años desde 2019. Ahora el presidente ya no tendrá poder legislativo, sino también ejecutivo, por lo que tendrá a mano los decretazos sin pasar por el Parlamento. Además, mantendrá el control del órgano judicial más elevado de Turquía, al elegir un tercio de los jueces. Si el Parlamento intenta reprobarle o aprueba medidas contrarias a su doctrina, Erdogan podrá suspenderlo de forma unilateral, al tiempo que podrá formar parte de un partido político.
De esta forma, asegura que la concentración de poder evita que el Parlamento pueda pararle los pies, una medida antidemocrática y propia de países con dictaduras o reinados, propias de países musulmanes y comunistas. Para vender este giro, llamado por el propio Erdogan como una «revolución», se asegura que «un sistema parlamentario es fácilmente bloqueable porque el poder que redacta leyes y el que las hace funcionar pueden entrar en conflicto, lo que genera inestabilidad política y económica». Es decir, que si el Parlamento no ve con buenos ojos las leyes del Gobierno, éste suprime el Parlamento, donde reside la soberanía nacional y los distintos signos políticos de un país. Ni un presidente con tintes de dictador había soñado esta situación, anómala en cualquier país que quiera pertenecer a la UE.
Turquía se podría convertir en un polvorín contra Europa, más cuando tiene en sus manos el permiso de entrada de refugiados, y con ellos los terroristas del llamado Estado Islámico. Erdogan exigió a Merkel el pago de 6.000 millones de euros para evitar la entrada de refugiados, o al menos contenerla, mientras amenaza ahora con abrir sus puertas y que sean griegos y países de Europa del Este quienes se hagan cargo. Erdogan juega así con el destino de millones de personas que esperan llegar a Europa, al tiempo que la amenaza islamista se encuentra en este drama humanitario, con violaciones en grupo, atentados y robos, convenientemente silenciados por las autoridades para no despertar la alarma social.
El último choque protagonizado por Erdogan ha acabado con el fin de relaciones diplomáticas con Holanda. El presidente turco mandó a dos ministros para vender su referéndum en un país con fuerte presencia de turcos, mientras que las autoridades holandesas les impidieron la entrada, ya que no iban a permitir que un país interfiriera en su campaña electoral, cuyas elecciones se celebran este mismo miércoles.
A raíz de estas prohibiciones, Erdogan llegó a culpar a Holanda de masacrar a bosnios en Srebrenica durante la guerra de los balcanes. «conocemos su naturaleza perversa viendo la forma en la que acabaron con 8.000 bosnios«, afirmó el presidente turco, como si los holandeses hubieran apretado el gatillo. No solo Holanda se ha posicionado en contra de estos mítines, también se ha sumado Austria y los Países Bajos bajo la premisa de que «no se deben exportar asuntos turcos».

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