En España hay 1.027 pueblos en los que no hay censado ni un solo niño menor de cinco años, es decir, en el 13% de los municipios españoles no se ha registrado ni un solo nacimiento desde el 1 de enero de 2012.
633 pueblos de España no cuentan con ningún niño menor de 11 años, según datos del INE a 1 de enero de 2017. El municipio de Villaornate y Castro (León) es la población más grande sin niños menores de cuatro años. Cuenta con 360 vecinos.
En otros 420 municipios no tienen censado ni un habitante menor de 15 años. Actualmente, el 19,1% de la población en España tiene más de 65 años. Y la tendencia es al alza.
El 50% de los menores de 50 años no tendrá nietos, según informe de FAES
Así se desprende del estudio «Consecuencias del declive demográfico en España», de Alejandro Macarrón Larumbe, que insiste en que si la fecundidad se mantuviera indefinidamente en sus valores medios del período 2000-2015 (1,32 hijos por mujer), España perdería la mitad de su población a finales del siglo XXI.
Macarrón, director de la Fundación Renacimiento Demográfico, augura «un riesgo creciente de un mal final de vida, en forma de ‘eutanasia’ involuntaria o de maltrato por lo caro y duro que es cuidar a ancianos incapacitados, en una sociedad con muchos viejos y pocos jóvenes para crear la riqueza necesaria para cuidar a los más mayores adecuadamente».
Según el estudio, en el plano político la población jubilada, que se convertirá en una parte muy numerosa del electorado, percibirá una porción creciente del PIB en pensiones, sanidad y ayuda a la dependencia, lo que, de no hacerse de manera equilibrada, puede ser muy gravoso para la economía productiva y el bolsillo del contribuyente, o para el equilibrio en las cuentas públicas.
Algo, que el autor dice que ya sucedió entre el 2007 y el 2014, período en el que el «trato privilegiado a las pensiones» hizo que el gasto en esta partida creciera cerca del 50 %, «con un PIB que en 2014 fue inferior al de 2007, y un déficit público en niveles altísimos desde 2008″.
El informe apuesta por un «triple esfuerzo para sortear los males que su evolución demográfica augura». Entre ellos, destaca «una apuesta decidida por mayores tasas de natalidad, una gestión equilibrada, con amplitud de miras, seria y sin simplezas buenistas o extremistas, de la inmigración extranjera y un ejercicio de adaptación socioeconómica al envejecimiento social rampante».
