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Donald Trump

Donald Trump, más cerca de la Casa Blanca

¿Es el inicio de Trump el comienzo del fin de la globalización?

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha desatado todo tipo de temores, la gran mayoría de ellos infundados. Ahora se habla de una «desglobalización» en la era Trump.
La pregunta que más se repite en los últimos días es si estamos en el inicio de una desglobalización económica, más después de que Trump haya advertido de los peligros de la actual globalización. Trump considera vital el tejido industrial para EE UU, por lo que hará todo lo posible para evitar la deslocalización de empresas, un hecho que ha ocurrido durante los últimos años en la mayoría de la industria, donde se producen mercancías en los lugares más baratos y competitivos.
En el Brexit ya se ha visto un hecho similar. Las zonas más desindustrializadas por los efectos de la globalización fueron las que votaron en mayoría a favor de la separación de Reino Unido de la UE.
Los partidos identitarios europeos, como el Frente Nacional de Marine Le Pen o los alemanes del Afd, ven en Trump su imagen por este motivo. ¿Se volverá a la relocalización de empresas? es una pregunta que aún no tiene respuesta, más cuando, de momento, ninguna gran empresa ha realizado movimiento alguno en ese sentido.
Aún no existe una apertura total o un grado de globalización total debido al proteccionismo. Y es que, mientras en los territorios de la UE no existe prohibición alguna a la circulación de capitales y mercancías, sí hay aranceles a los productos llegados del resto del mundo.
Recientemente, Bruselas ha dado luz verde a subir los impuestos al acero y el hierro traídos de China, economía que no es considerada aún de mercado, ya que en caso de hacerlo tendría derecho a beneficios y ventajas, como tratados de libre comercio.
La globalización ha ayudado a levantarse a países empobrecidos, como los del sudeste asiático, reduciendo la brecha de la pobreza, mientras que ha tenido consecuencias nefastas para la industria europea y estadounidense, que han visto en China el taller del mundo, eliminando el peso industrial del continente.
A esta globalización se suma la era tecnológica, que ha acabado desmantelando puestos de trabajo y desplazando a las personas de mayor edad al paro. El mayor temor no es Trump, sino la dirección que ha tomado el mundo, donde cuentan más los datos de los consumidores que las propias personas. La era tecnológica amenaza además con convertirse, si no lo ha hecho ya, en los próximos intermediarios mundiales, donde se destruirán miles de puestos de trabajo, como ya está ocurriendo en EE UU.
Las primeras deciciones de Trump se centrarán en los tratados de libre comercio con Asia y América Latina, dos textos que ya preparó el presidente saliente, Barack Obama, y que podrían quedarse ahora en un cajón.
Trump prometió en campaña «repatriar los puestos de trabajo», pero eso no depende sólo de él, sino de las empresas. Para ello, aumentará los aranceles de los productos fabricados en China y México, y bajará los impuestos a las empresas radicadas en EE UU, por lo que podría conseguir dos efectos totalmente opuestos. El primero de ellos, convertir a EE UU en la gran fábrica que ahora es China, o bien, que las empresas realicen recortes de gasto y sean las de EE UU las que primero caigan.
El efecto podría extenderse también a Europa, pero habrá que esperar a ver que ocurre antes en la primera potencia mundial.

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