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Rafael Jiménez

Bruselas delenda est

Rafael Jiménez

Rafael Jiménez

Una vez los británicos se han salido con la suya y han vuelto a poner en uso el muro de Adriano como frontera que nos separa, no solo física, también económicamente, es inevitable pensar si este movimiento va a suponer una tendencia a emular, mucho más cuando tenemos ante nosotros una bomba de relojería que puede estallar por cualquiera de sus extremos y por motivos opuestos.

Tanto es así que algunos escépticos, incluso desde dentro de los países más proeuropeos, dicen que la Unión durará lo que tarde en acabarse el dinero alemán. Hasta ahora hemos tenido que lidiar con las reticencias impuestas desde países ricos y pequeños, como Finlandia, Holanda o Austria. ¿Cuánto tiempo permitirán estos países que la Unión siga repartiendo dinero en medio de esta crisis a países que tienen cada vez peores cifras y que no parece que vayan a cambiar sus tendencias en los próximos años?

Pero lo más preocupante es que esa tendencia empieza a cundir ya en fuerzas políticas y electorado de países que nunca antes han hablado contra el euro o contra la solidaridad entre socios. Que los euroescépticos han tenido éxito en su empeño de volver a interponer el muro de Adriano entre su isla y el imperio europeo, nos da cuenta del peligro que suponen, por ejemplo, los 90 diputados euroescépticos que ya tienen asiento en el Bundestag.

Y qué decir de las grandes economías del sur de Europa, tan vitales para que no descarrile la eurozona pero tan vulnerables.  Parece evidente que ese euroescepticismo, ahora prácticamente inexistente en estos países, puede cundir en el caso de que el dinero deje de fluir en ese eje norte-sur. Si estos augurios llegan a producirse, por una causa u otra, ¿habrá merecido el esfuerzo de mantener con vida un club tan heterogéneo?¿habrá tenido sentido todo el dinero que se ha empleado en salvar al euro, especialmente desde la crisis financiera?

Si uno conoce mínimamente la historia de este pequeño apéndice continental que cuelga de Asia, no puede si no maravillarse de lo que se ha conseguido en estos años de Unión Europea. Tener casi 30 naciones trabajando de forma razonablemente conjunta, coordinando legislaciones y bajo unos tribunales comunes, es casi un milagro teniendo en cuenta como nos hemos pasado más de dos mil años matándonos unos a otros.

Es por eso que, más allá del interés en conseguir nuestra fractura que siempre llega desde el otro lado del Atlántico, y más allá del sentimiento negativo que expande ese quintacolumnismo de los euroescépticos, es momento de cerrar filas. Es ahora cuando más necesitamos ponernos todos a una tras los 13, cuando debemos inspirarnos en Pauling y Russel y apostar por los proyectos que buscan el beneficio de todos, no de unos pocos, para solucionar algunos de los más graves problemas que afronta la humanidad. Y la verdad es que nos sobran los problemas y los desafíos, tanto es así que habría que ir más allá que esos trece precursores, hay que tener altura de miras. No podemos cerrar los ojos ante las desigualdades y los sufrimientos de nuestro prójimo, no ya por buenos sentimientos, porque nuestra atalaya está en peligro, se tambalea y como decían estos visionarios, el mundo será uno o no será.

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