Aunque habitualmente es virtud y nos sirve para situarnos en el momento actual, para anclarnos como referencia que nos permite comprender y diferenciarnos de otros, en esta ocasión, esa costumbre de nuestros mayores a la que aludo no me genera más que lamento y vergüenza. En un momento tan complicado como vive España, en la que tanto sufrimos los 47 millones de personas que la formamos, resulta muy triste ver cómo quienes nos representan, esos que han perdido el aristos, no hacen más que atacarse unos a otros, sin pensar un minuto en el bien común. Es verdaderamente preocupante echar un vistazo a un debate de nuestro Congreso, donde más parece que esta primavera sea la de hace ochenta y cuatro años.
Ya que nuestros representantes no están a la altura ni de los sabios griegos ni de los pragmáticos romanos, al menos cabe pedirles que lean a los pensadores modernos de nuestro país. Que los tenemos, sí, aunque no protagonicen titulares en la prensa, los tenemos. Señores políticos, pero también señores ciudadanos, parémonos un momento a escuchar. No es momento de romper, de enfrentar, es momento, como escribió ya en este siglo XXI Javier Gomá, de ejemplaridad pública. Un filósofo actual que defiende, desde la responsabilidad que deriva de su talla, que un intelectual debe, en épocas prósperas, alertar de los peligros, y en épocas calamitosas, dar razones para la esperanza.
Hay que apoyar al gobierno, ayudarle en su tarea, infundir confianza en la población, aportar argumentos que colaboren a la solución. Es la hora de alentar iniciativas como la que presenta la CEOE, siendo nexo de los más grandes empresarios, todos reunidos durante diez días de trabajos en positivo, planteando soluciones para la reactivación de España, esa es la línea. Luchemos juntos sin ventajismos, sin réditos políticos, sin atizar a los dóberman profesionales de la tribuna, que son siempre destructores y nunca curan, que eso no es lo que necesita España, por mucho que lo ladren o por mucho que lo ondeen. Seamos fieles a nuestra herencia bimilenaria y honremos todos juntos el primer principio del derecho público que nos legaron los romanos, Salus populi suprema lex est, o lo que viene a ser lo mismo, la salvación del pueblo es ley suprema.
