El famoso cuento de Peter Pan nos hizo conocer a todos una isla llamada Nunca Jamás. Un lugar imaginario donde los niños perdidos no crecen y donde conviven piratas, hadas, indios y sirenas. Un mundo mágico sin reglas y sin límites.
Tras observar el comportamiento de los mercados en las últimas semanas esa tierra fantástica podría estar a menos de 6.000 kilómetros de aquí. En pleno distrito financiero de Nueva York. Porque Wall Street parece haberse convertido en ese lugar que nunca se ve afectada por los eventos del mundo real.
En medio de la peor crisis social y económica del último siglo, la Bolsa americana cerraba 2020 con máximos históricos en sus tres principales índices. Ni la pandemia, ni el cerrojazo económico, ni el hundimiento del PIB o el aumento del desempleo, ni siquiera un convulso proceso electoral han podido con la renta variable estadounidense.
Tampoco el asalto de esta semana al Capitolio, uno de los hechos más graves que se recuerda en la democracia estadounidense, han evitado que el año arrancara como terminó el anterior, con Wall Street repitiendo nuevos récord. Nada ni nadie es capaz de alterar el rumbo de un mercado que parece ajeno al mundo real.
Como en el cuento los inversores siguen soñando sin miedo a despertarse, sin temor al Capitán Garfio y al tic tac del cocodrilo. Si hacemos caso a la leyenda todo aquel que quiera aprovecharse de las subidas deberá volar hasta lo más alto del cielo y girar en la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer.


