Surgen voces que reclaman, al hilo de los truenos de Santa Bárbara, la reindustrialización de España. Nos cuentan que son los trabajos mejor pagados, que son estables y que estas actividades arrastran importantes cantidades de empleos indirectos. Y no les falta razón. Más cuando miramos el peso de la industria en nuestro PIB, apenas un 16% frente al deseado 20% que puso de meta, para este año, Bruselas.
Es un hecho que las economías donde el peso del sector industrial en el PIB es mayor, como por ejemplo Alemania, presentan mayor estabilidad en el empleo y mayor resistencia a las crisis económicas. Además, la apuesta por el I+D en el sector industrial y su impacto en la mejora de las exportaciones se traducen en un impulso que genera efectos positivos en la competitividad general de la economía.
Sin embargo, la capacidad de estímulo pública es ahora más limitada que nunca, por eso tenemos que preguntarnos si esos instrumentos hemos de dedicarlos a unas industrias que perpetúan modelos del siglo pasado, modelos que hemos de superar si miramos hacia la economía del siglo XXI. No solo España, toda Europa esta en una encrucijada. Al comienzo del siglo XX representaba una quinta parte de la población mundial mientras que hoy ni siquiera uno de cada diez seres humanos es europeo. En lo económico andamos algo mejor, pero la evolución es preocupante. Ahora mismo somos el 20% del PIB mundial pero a mediados de siglo apenas supondremos el diez.
Por eso, si apostamos por la reindustrialización tenemos que pensárnoslo muy bien. No insistamos en recuperar modelos desfasados. Serán un pozo sin fondo donde se irán los millones de todos. Es más inteligente apostar por ámbitos como la digitalización, la robótica, la descarbonización o las energías renovables. Sectores como la biotecnología y la farmacia así como la industria agroalimentaria, ya que, como bien nos ha demostrado el coronavirus, el dinero no se puede comer y el sector primario y su transformación son estratégicos para cualquier sociedad.
Y con esto cerraríamos el círculo, porque no solo nuestra economía iría mejor, es que para nutrir estas industrias de alto valor añadido se necesitan personas bien cualificadas. Trabajadores a la vanguardia de los avances tecnológicos, creando valor para una empresa que hace lo propio con la sociedad. Un personal, además, bien pagado, que supone un elemento de activación de la comunidad donde vive. Es nuestra elección como sociedad. ¿Queremos seguir precarizando nuestra actividad, nuestros trabajos y nuestro entorno? Si la respuesta es negativa, es el momento de dar un golpe de timón a nuestra economía.


